Mestalla en el precipicio

Como el cartel que acompaña algunos paquetes de correo o cajas de mudanza que llevan algo delicado en su interior, el sistema defensivo del Valencia de los últimos cuatro años se acercaba con demasiada continuidad a ese adjetivo: frágil. Muchos entrenadores, muchos jugadores nuevos y una fragilidad que no sólo tenía que ver con lo material, sino también con la imposibilidad de generar confianza y la mirada cabizbaja posterior que erosionaba los planes posteriores.
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Especialmente paradigmático fue lo de Cesare Prandelli o Pako Ayestarán, pues con ellos se vio, de manera especial, cómo el error no sólo era una constante sino que penalizaba la competitividad y la reacción del equipo, produciendo un eterno deja vu. Puede que hoy el Valencia no tenga jugadores más apropiados, tampoco menos, que en otras temporadas, ni que tenga una plantilla superior a otras del pasado, pero hoy es un equipo que quiere, importante, y que está cerca de poder decir que defensivamente es un colectivo fiable.

De hecho, la configuración valencianista, a título individual, podría estar relacionado con cierto desorden en medular y zaga que no está siendo tal. La minuciosidad y mesura, tanto de sistema como de discurso de Marcelino, han impregnado al Valencia de mucha mayor conciencia. El arranque, además, era muy importante para invertir tendencias y comenzar con dinámicas muy distintas a las del pasado. Ahí, el técnico asturiano está marcando las diferencias con su 4-4-2, un dibujo que permite racionalizar las tareas defensivas a los once futbolistas, facilitando ocupar una parcela del campo concreta. Además, su equipo deja dos datos, relacionados, que explican este buen hacer defensivo.

Hasta el partido ante la Real Sociedad, el Valencia encajaba gol con una media de veinte tiros del rival, cuando la temporada pasada, en esas mismas cinco primeras jornadas, al quinto tiro se producía el gol encajado, una diferencia tan increíblemente amplia que permite establecer y sacar conclusiones. En campo propio el equipo sabe protegerse y sus mecanismos de ataque definen bien cómo ordenarse tras la pérdida. No hay en su rival opciones precedidos de errores o regalos.
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Además, el Valencia ha conseguido ir siempre por delante en el marcador. Garantizando una efectividad alta en ataque -tercera delantera de la Liga en efectividad- y manteniendo constantes defensivas muy sólidas, los valencianistas únicamente han estado diez minutos, en el Bernabéu, por debajo en en el electrónico, los 530 minutos restantes lo hizo por delante o en igualdad, siendo el mejor equipo de la Liga en este apartado. Habiendo visitado Anoeta y Chamartín, y recibido al Atlético de Madrid, el Valencia transmite una solidez como pocos proyectos nuevos en este inicio. Más allá de nombres propios, que no se han citado en el texto, Marcelino ha tocado la tecla que lo suaviza todo. Mestalla ya no es un precipicio.

El merito lo tiene es de Marcelino que ha hecho un equipo donde todos defienden y atacan con ese 4-4-2 donde están ocupando muy bien los espacios pero añadiría un par de bajas.

Guedes y Soler

No se esperaba el Villamarín nueve goles pero sí lo que significan, ya, Betis y Valencia para la Liga española. Ambos equipos pudieron ser lo que buscan ser, también lo que aún les falta para serlo por completo. En un duelo frontal de estilos, andaluces y valencianos consumaron un partidazo de dos tramos. El primero, donde el Valencia sentenció con una ventaja de cuatro goles que apunto estuvo de quedarse en papel mojado tras la fugaz y arrolladora reacción bética, que se enganchó a un marcador casi definitivo en diez minutos de locura. Se lo llevó el Valencia de Marcelino finalmente, demostrando que tiene sistema de contragolpe para optar a la victoria en cualquier campo del país.
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Y lo hizo en base a su juego de bandas, ocupadas por dos de los hombres de la noche. Antes de ser nombrados, procede situar el marco de los primeros veinte minutos, que vio al Betis con Guardado en la sala de máquinas, con siete de sus compañeros posicionados en campo rival desde el primer pase. Rasgo inequívoco de los equipos de Setién, todos los posibles receptores empezaban muy arriba. Para responder, Marcelino colocó a su equipo en mitad de cancha, sin presionar la salida y sin replegar sobre su frontal, dejando mucho espacio a su espalda.

El Betis buscó por ello la verticalidad, con muchísimos cambios de orientación. Joaquín, como efecto laca, fijo pero flexible, recibiendo al pie, y León al espacio fueron los punzones sobre los que la zaga che tuvo que fijar más atenciones. No obstante, no logró el Betis posiciones muy claras, cayendo mucho en fuera de juego, ante un Valencia que arrancó muy tibio, perdiendo cada balón que podía suponer una transición favorable. Aún así, en ese contexto de pérdida y recuperación verdiblanca, el Valencia permaneció de pie. Y desde ahí, encontró el filón.
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El aviso estaba dado cuando Andrés Guardado tuvo que salvar un par de situaciones como mediocentro corrector. Habilitado ya ese espacio a los lados del mexicano para salir, el Valencia le tomó la cara a la noche en el Villamarín. Y lo hizo en base a la tremenda calidad individual de los tres hombres más claros con la pelota: Soler, Guedes y Parejo. Desde las bandas, en todas direcciones, con la pelota o sin ella, el Betis se situó al borde de un precipicio que Marcelino ya maneja como una ventaja competitiva. Esos tres nombres son calidad diferencial para lograr los objetivos.

Entre lo más destacable está en como uno u otro, Soler o Guedes, pueden ser inicio o final de una jugada. Ambos cuentan con cualidades muy notables para sumar en zonas pobladas o despobladas, como creadores de la ventaja o finalizadores en el lado débil de la defensa contraria. Eso permite a Parejo sumarse sin rutina a ambos lados, si bien el izquierdo, donde cae Rodrigo y sube Gayá, deja a Soler como hombre de segunda línea que llega al espacio. Así el Valencia comenzó a sumar contragolpes de cuatro jugadores, cruzando movimientos de toda índole, ya característicos en su plan general. Un equipo completo a todo campo.

Un día, un fichaje: Wayne Rooney

Dice Wayne Rooney, sonriendo como un niño y vistiendo nuevamente de azul toffee, que nunca llegó a confesárselo a nadie pero que durante los últimos trece años siguió utilizando su viejo pijama del Everton para dormir. A sus 31 años, y tras trece largas y fructíferas temporadas siendo emblema y jugador franquicia del Manchester United, el leprechaun criado en el suburbio de Croxteth volverá a su casa para cerrar su carrera deportiva. Quizá no en lo más alto, pero sí en lo más profundo de su corazón.
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Me encantan las historias como la que protagoniza Rooney. Historias en las que todas las partes se entienden y en las que el final feliz parece la resolución obligada. Nadie en Old Trafford tendrá nada que reprocharle en su despedida porque cualquiera que conozca las circunstancias entiende su adiós y sabe que deja Manchester con la tranquilidad del compromiso cumplido. Tanto es así, tal ha sido su entrega durante las últimas trece campañas, tantos los goles y los partidos y tan asociada está su imagen a los red devils, que a día de hoy se hace difícil recordarle con la camiseta azul evertonian. Ahora Rooney busca ese tiempo extra en su carrera en el que poder experimentar todo aquello que su extrema precocidad (sigue siendo el goleador más joven en la historia de la Premier League gracias al gol que le marcó al Arsenal con poco menos de 17 años), el ojo clínico de Alex Ferguson y los 36 millones del United sobre la mesa del Everton le privaron de poder vivir. Quiere sentir de nuevo el placer de jugar para su equipo de cuna, para ese con el que soñaba hacerlo cuando solo era un niño pecoso y rechoncho. Querrá además cerrar las viejas heridas que se abrieron entre los suyos tras su salida de Goodison Park, precisamente cuando en las oficinas del club se preparaban para ofrecerle su primer gran contrato. Imagino que se le haría complicado digerir aquellos cánticos de ‘Stand up if you hate Rooney‘ que afloraron en el Street End tras su marcha del equipo, cánticos de desaprobación y reproche, de rabia hacia él. Precisamente hacia él. Hacia el niño que pateaba balones entre los callejones de Croxteth, el que cinceló con un punzón en la ventana de su casa la leyenda ‘W. Rooney Everton Football Club‘, el mismo que acudió a una prueba en Melwood vestido con la camiseta del Everton. Ese cántico, dirigido a él…
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La sonrisa de Rooney en las fotos de su presentación como nuevo jugador del Everton no dibuja a un veterano aprovechando los postreros retazos de su carrera deportiva para firmar su último gran contrato. Esa sonrisa es la de un niño. Un niño envejecido por los implacables rigores de la alta competición y de la exigencia física más extrema. Pero un niño feliz. Un niño de 31 años al que la vida le ha devuelto la oportunidad de volver a tener 18 para poder vivir todo aquello que su temprana irrupción y su proyección de futuro no le permitieron.
En DDF| Así nace una estrella (Sobre los orígenes de Rooney en el Everton)
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Un día, un fichaje: John Terry

John Terry, admirado e idolatrado en Stamford Bridge, nunca ha caído en gracia en el resto de estadios de Inglaterra. Lejos de Fulham Road, donde el veterano defensor ha permanecido veintidós temporadas desde su ingreso en las categorías inferiores del club, los recibimientos brindados por las aficiones ajenas nunca han sido precisamente hospitalarios. Ha sido el precio a pagar por una dedicación titánica a su trabajo y un empeño insuperable en defender los colores de su equipo bajo cualquier circunstancia, motivo multiplicado por una larga trayectoria y un carácter, digámoslo así, hostil hacia cierto tipo de rivales.
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Era el 11 de mayo del año 2013 y el Chelsea de Benítez rendía visita a Villa Park con la vista puesta en asegurar posición en Champions League. Ya en la recta final del partido, tras un fuerte encontronazo en el área contra el zaguero del Villa Nathan Baker, Terry cayó lesionado y tuvo que ser retirado del césped en camilla entre evidentes gestos de dolor. ‘Todo el Holte End se puso en pie y empezó a cantar “let him die! let him die!” (“dejadlo morir! dejadlo morir!”)‘, recuerda el propio excapitán Blue. Cinco temporadas después de aquel incidente, que define y resume el trato dispensado por las aficiones rivales durante toda la carrera del futbolista londinense, John Terry luce los colores del Aston Villa tras toda una vida consagrada a los colores del Chelsea.
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Sorprende que, con semejante carrera a sus espaldas, Terry haya decidido prolongar la misma precisamente en el Aston Villa, relegado a la Championship hace un par de temporadas y viviendo épocas inciertas tras la adquisición del club por parte del empresario chino Tony Xia hace ahora un año. Sorprende porque es una evidente, y puede que alguno juzgue incluso como innecesaria, salida de la zona de confort, como el propio futbolista ha reconocido. Nadie habría reprochado a Terry, a sus 36 años y con un físico bastante castigado por la acumulación de partidos y lesiones, una retirada. Su última temporada, con apenas un puñado de minutos sobre el césped tras enlazar dos lesiones de considerable duración, apuntaba a ello. Tampoco se le habría reprochado un retiro dorado, quizá en la MLS o en China, con el objetivo de vivir una nueva experiencia en un fútbol desconocido. Embarcarse en la aventura del Villa por retomar su puesto en la elite no parece la resolución más cómoda al dilema planteado en el día de su adiós al Chelsea. Por delante le espera una temporada, más otra posible, en la que la exigencia será máxima y en la que su veteranía será un aporte de considerable valor a la hora de pelear por el objetivo del club.

Enfrentar al Madrid en su Tierra parte 15

Menos mal que leo algún comentario en la línea de lo que yo creí que vi, porque pense que me estaba volviendo loco. 
El planteamiento de Zidane tenía más sentido sobre el tapete que desde la ciencia empírica. Volver a sacar al iscosistema cuando es un esquema que NO te ha funcionado durante toda la temporada, tanto que has tenido que cambiarla, tenía sus riesgos. Desprotegías las bandas y ganabas control del balón. Además ganabas una pieza posicional más para la presión de una salida de balón que se demostró paupérrima. Valentía lo llaman desde los medios. 
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Deficits del iscosistema y por lo que no ha funcionado en toda la temporada es porque los de arriba ya no desordenan porque no tienen ni capacidad, ni movilidad. Se añade que la circulación del balón se hace más farragosa. Cuando les llega a los delanteros tienen menos espacio y más jugadores alrededor. Sin que los delanteros obtengan ventajas y goles, obligas a los laterales a dar amplitud, recibir solos y hacer milagros, a los centrocampistas les cargas la responsabilidad de cargar el área y hacer gol. Además, quitas espacio a Kroos como interior izquierdo. Repartes posicionalmente los espacios mucho peor, consiguiendo que en muchas zonas no haya apoyos cerca, por ejemplo cuando reciben los laterales. No es tanto culpa de Isco, sino de que los de arriba ya no tienen ese fuelle para desordenar. Con un delantero como Mbappe darle un balón tan arriba ya controlado, sería una mina. Con los actuales, una ruina. Valentía lo llaman desde los medios. 
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La pobreza táctica del partido fue de Europa League. Un horroroso PSG sin un plan de salida, obligando a Verrati a recibir de espaldas, girar en el carril central con un jugador encima para salir de presión, con Rabiot torpe perdiendo balones y Lo Celso lejísimos de un nivel Champions como pivote. Suicidios tras suicidios. El planteamiento inicial de sacar rédito de esta debilidad parisina pareció funcionar y otorgo recuperaciones en campo contrario en sitios peligrosísimos que no se tradujeron en gol porque el Iscosistema tiene control pero no tiene gol. Este espejismo duro lo que tardo en coger dos balones Mbappe y rajar el centro del campo del Madrid. Entonces se vio la debilidad mental del Madrid, el miedo, la defensa de mantequilla incapaz de taponar incursiones rivales. Que permite a cualquier rival marcar gol contra los blancos. 
Se salvaron los muebles porque este PSG es un equipo impropio de Emery. Sin preparación táctica, sin ningún entramado, sin fortaleza defensiva, sin ninguna sociedad que potencia sus individualidades. La nada más absoluta. El desborde de Neymar. El talento de Alves y Verrati para tocar. Y Kylian Mbappe en un partido flojete. En el que ¡ni siquiera le buscaban! Todos mirando a Neymar jr para su gran noche. Se puede decir en descargo del Madrid que sí tenía pensado un plan para tapar a Neymar. En su debe, que pese a todo, Neymar causo estragos en 8 ocasiones. Si tuviera más gol.

Esta es la Duodécima

El Real Madrid ganó anoche su tercera Champions League en cuatro temporadas y en ningún momento se dio la sensación de que se tratase del broche de oro a una era. Más bien, quedó el poso de que se está abriendo un ciclo. La Copa de Europa ha experimentado dos procesos que han transformado su realidad. El primero fue un gol que duró, como todos, un suspiro, pero un suspiro que no se extingue.
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El minuto 93 de la Final de Lisboa, esa explosión de euforia y a la vez declaración de paz, sigue presente en cada encuentro para beneficio único de uno solo. Pero eso había que interpretarlo. Es el segundo proceso el que lo pone en uso, es el segundo proceso el que de verdad trasciende, el que justifica esta percepción de que la Duodécima no es un fin sino un medio hacia lo siguiente, y tiene nombre propio: Zinedine Zidane. Zidane fue presentado en el Santiago Bernabéu en el verano de 2001 en calidad de mito viviente y habla del club blanco como si le hubiera enseñado todo, casi como si le debiera la vida. Está enamorado del madridismo, lo percibe como una oportunidad, como un regalo, que se brinda para ser feliz y ser mejor.
Cada una de sus decisiones se encamina a potenciar esa idea de que la clave es el propio Real: jugarse la Liga con el once suplente, limitar a Cristiano a 25 goles, quitarse importancia a sí mismo aunque sepa que está escribiendo historia. Todo lo que hace lo hace para reforzar el mensaje en el que cree y en el que, en perspectiva, debe creerse: la gran estrella del Real Madrid es el Real Madrid.
La Final se dividió en dos periodos que no se asemejaron entre sí. En el primero, Allegri demostró ser un entrenador de élite que había estudiado a consciencia las particularidades del Madrid que se venía viendo, el del 4-3-1-2 que reúne en el mismo once a Casemiro, Kroos, Modric e Isco. Dicha disposición alberga ventajas interesantes pero también adolece de varios defectos a señalar. Principalmente, dos: que el reparto de espacios en ataque es peor -más estrecho- y dificulta mantener la posesión en campo contrario y que, en defensa, los laterales del rival juegan solos y ello desequilibra el sistema en general. Ambas trabas fueron exprimidas por la Juventus para, originalmente, hacerse con el control del partido.
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Su plan comenzaba con una media presión que daba libertad al Real en la zona de los primeros pases. Si Varane y Ramos hubieran querido pasarse la pelota durante los 90 minutos, nadie lo habría impedido. Lo que la Juve no quería era que los centrocampistas más creativos entrasen en juego en la mitad que terminaba con la portería de Buffon. Era en esa parcela del campo donde Khedira y Pjanic, con ayudas de Alves y Mandzukic, encimaban a Luka, Toni e Isco para que no conectasen. De este modo, la pelota solía acabar en Carvajal y Marcelo, que al no tener delante un extremo como en el 4-3-3, no hallaban opción de progreso. Benzema, Isco y Modric trataban de compensarlo con desmarques diagonales a la espalda de los laterales italianos, pero los recorridos eran demasiado largos y Barzagli y Alex Sandro defendían en ventaja. Tácticamente, el orden sin balón de los de Allegri era muy superior al del ataque de los de Zidane. El balón pertenecía al Madrid (56%), pero el arco que salía por la tele era el de Keylor Navas.

La Leyenda del Arco

“Tenía 12 años* cuando te di la espalda. Renegué de mi pasado para asegurar tu futuro. Una decisión de corazón. Una decisión de instinto. El mismo día que dejé de mirarte a la cara, sin embargo empecé a amarte. A protegerte. A ser tu primer y último instrumento de defensa. Me prometí a mí mismo hacer todo lo posible para no cruzarme con tu mirada. O para hacerlo lo menos posible. Pero cada ocasión fue un sufrimiento, debía darme la vuelta para entender que te había desilusionado. Todavía. Todavía Una vez más. Siempre hemos sido opuestos y complementarios, como la Luna y el Sol. Condenados a vivir uno al lado del otro, pero sin acariciarnos. Compañeros de vida a quienes se niega el contacto. Hace más de 25 años hice mis votos: juré protegerte y guardarte. He sido el escudo contra tus enemigos. Siempre he pensado en tu bien, anteponiéndolo al mío. Y todas las veces que me he girado a mirarte intenté sostener tu decepción con la cabeza alta pero sintiéndome en parte culpable. Tenía 12 años* cuando le di la espalda a la portería. Y continuaré haciéndolo. Mientras las piernas, la cabeza y el corazón aguanten”,
de Gianluigi Buffon para la portería por su vigésimo quinto aniversario de feliz relación. (2016)
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Mira a Gianluigi Buffon. Es fuerte, alto y robusto. Su espalda es ancha, sus piernas fuertes y sus brazos largos. Fíjate en su mirada, en esa convicción y seguridad que transmite sin necesitar alterar el gesto. Piensa en la facilidad con la que ha realizado cada una de las acciones que le han ido caracterizando a lo largo de su exitosa carrera. Esos manos a mano en los que nunca concedía espacio, esas estiradas al ángulo que acababan con el balón blocado con las dos manos, esas salidas por alto en las que el área parecía abrírsele a su paso. Y recuerda ese grito. Ese maldito gritocon el que celebraba haberle negado la felicidad a los rivales. ¿Ya tienes bien presente quién es exactamente Buffon, no? Pues bien, ahora ten en cuenta que cuando a los 13 años firmó por el Parma lo hizo en condición de centrocampista.
Porque desde hace tiempo a Buffon habría que estar llamándole “el Portero” con la misma naturalidad con la que se conoce a Frank Sinatra como “la Voz”, pero lo cierto es que Gianluigi no hizo más que renegar de la portería hasta los 14 años*, momento en el cual ya no pudo escapar más de su destino.
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No sólo a las dos semanas de probar el puesto se convertiría de forma oficial en el primer portero de los cadetes del Parma, sino que ya a los pocos meses acudiría como guardameta titular de la selección italiana Sub-15 al Europeo de Turquía (1993). Allí, además de marcar un penalti, detendría dos en la tanda de semis ante España y otros tres en la final contra la República Checa. Este campeonato sería su primer salto a la fama. El primer momento en el que su nombre comenzó a sonar. De hecho, a su regreso ya era tan conocido que cuando tuvo que coger el tren de Roma a Parma para volver a casa no importó nada que hubiera extraviado el ticket. Era Buffon, “el portero del que hablaban los periódicos”.

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Como el cartel que acompaña algunos paquetes de correo o cajas de mudanza que llevan algo delicado en su interior, el sistema defensivo del Valencia de los últimos cuatro años se acercaba con demasiada continuidad a ese adjetivo: frágil. Muchos entrenadores, muchos jugadores nuevos y una fragilidad que no sólo tenía que ver con lo material, sino también con la imposibilidad de generar confianza y la mirada cabizbaja posterior que erosionaba los planes posteriores.
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Especialmente paradigmático fue lo de Cesare Prandelli o Pako Ayestarán, pues con ellos se vio, de manera especial, cómo el error no sólo era una constante sino que penalizaba la competitividad y la reacción del equipo, produciendo un eterno deja vu. Puede que hoy el Valencia no tenga jugadores más apropiados, tampoco menos, que en otras temporadas, ni que tenga una plantilla superior a otras del pasado, pero hoy es un equipo que quiere, importante, y que está cerca de poder decir que defensivamente es un colectivo fiable.

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Además, el Valencia ha conseguido ir siempre por delante en el marcador. Garantizando una efectividad alta en ataque -tercera delantera de la Liga en efectividad- y manteniendo constantes defensivas muy sólidas, los valencianistas únicamente han estado diez minutos, en el Bernabéu, por debajo en en el electrónico, los 530 minutos restantes lo hizo por delante o en igualdad, siendo el mejor equipo de la Liga en este apartado. Habiendo visitado Anoeta y Chamartín, y recibido al Atlético de Madrid, el Valencia transmite una solidez como pocos proyectos nuevos en este inicio. Más allá de nombres propios, que no se han citado en el texto, Marcelino ha tocado la tecla que lo suaviza todo. Mestalla ya no es un precipicio.

El merito lo tiene es de Marcelino que ha hecho un equipo donde todos defienden y atacan con ese 4-4-2 donde están ocupando muy bien los espacios pero añadiría un par de bajas.

Guedes y Soler

No se esperaba el Villamarín nueve goles pero sí lo que significan, ya, Betis y Valencia para la Liga española. Ambos equipos pudieron ser lo que buscan ser, también lo que aún les falta para serlo por completo. En un duelo frontal de estilos, andaluces y valencianos consumaron un partidazo de dos tramos. El primero, donde el Valencia sentenció con una ventaja de cuatro goles que apunto estuvo de quedarse en papel mojado tras la fugaz y arrolladora reacción bética, que se enganchó a un marcador casi definitivo en diez minutos de locura. Se lo llevó el Valencia de Marcelino finalmente, demostrando que tiene sistema de contragolpe para optar a la victoria en cualquier campo del país.
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EL FUTBOL EN BRAZIN COMO LO VEN

El fútbol es el deporte destacado en Brasil. El Equipo Nacional ha ganado cinco veces el torneo de la Copa Mundial de la FIFA y es el único equipo que nunca se ha perdido una participación en un Mundial.

Pelé, uno de los futbolistas más reconocidos de la historia, llevó a Brasil a dos de esos campeonatos y es el máximo goleador de todos los tiempos en el deporte. Los talentos contemporáneos en el mundo del fútbol incluyen a Robinho, Elano, Marta, Ronaldinho, Kaká. Algunos de estos jugadores pueden ser considerados súper estrellas.
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La Confederación Brasileña de Fútbol fue fundada en 1914. El fútbol se convirtió rápidamente en una pasión para los brasileños, que a menudo se refieren a su país como “el país del fútbol”. Más de 10,000 brasileños juegan profesionalmente en todo el mundo.

El fútbol tiene un efecto importante en la cultura brasileña. Es el pasatiempo favorito de los jóvenes jugando al fútbol en las calles. La Copa del Mundo atrae a los brasileños, con personas que se saltan el trabajo para ver el juego del equipo nacional, o que los empleadores preparan aparatos para que los empleados los miren.

La gran “habilidad del pie” que tenían los jugadores podría estar relacionada con la coordinación física y el ritmo asociados con la capoeira, las artes marciales brasileñas y la samba, que se caracterizan por los pasos para bailar o tocar al ritmo de los tambores africanos. El fútbol brasileño es conocido por su estilo de juego de engaño, fluidez y ataque.

Para cualquiera que siga fútbol, ​​es evidente que los brasileños juegan de manera diferente. La increíble habilidad de driblar de los jugadores brasileños además de su excelente control del cuerpo son solo dos de los elementos que los distinguen. El jugador de fútbol brasileño, quizás lo más importante, es creativo.
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Los brasileños juegan sin preocupaciones y felices. “Cuando piensas en Brasil, piensas en la samba, la sonrisa y el baile. La forma en que los brasileños juegan fútbol es un reflejo directo de cómo los brasileños viven sus vidas. En el fútbol la diversidad es algo evidente, es básico para enriquecer a nuestros alumnos y formar equipos e ideas. Los entrenadores crecemos y mejoramos si sabemos apreciar las diferencias que existen en cada uno de nuestros jugadores. Cuando empezamos a practicar fútbol, desde niño, estamos rodeados de gente con capacidades muy distintas, todos somos distintos y cada jugador necesita su ritmo y su momento.
La diversidad impera en todos los ámbitos del deporte, no solo en el fútbol, cuando nos hacemos adultos y nos enfrentamos a la competición este hecho se hace mucho más notorio y hemos de tener los suficientes recursos para aprender a competir. Si nuestros discípulos no son capaces de verlo es importante que seamos nosotros, los entrenadores, los que se lo mostremos.
Todos los niños son distintos, unos tienen necesidades deportivas especiales, otros altas habilidades, futbolistas de otras culturas, algunos están motivados, otros no lo están, etc. cada uno de ellos es distinto al de al lado. Estos jugadores exigen la creación de distintos tratamientos deportivos y la concentración de todos los apoyos y recursos posibles.